martes, 2 de febrero de 2010

Artículo sobre topónimos.



TOPÓNIMOS Y OTRAS YERBAS
(por Felipe Pérez)


Cuenta un internauta llamado Antonio Guerrero (muy conocido en su casa, a la hora de comer) que, como todos sabemos, y yo por si acaso lo acabo de consultar en el diccionario, topónimos son los nombres con que se designan los lugares. Debido a que los griegos (que se pasaron la vida inventando palabras, según parece) llamaban "topos" a los lugares. En cambio dice que para su tía Patrocinio los topos eran una especie de ratas ciegas, que le daban repeluco sólo de pensar en ellas. Y es que cuesta comprender, entre los acentos y los vocabularios particulares de cada comarca, cómo llegamos a entendernos.

A lo que iba, que en cuanto me despisto -no sé si será correcta esta expresión porque no iba por ninguna pista ¿o será porque he perdido la pista que seguía?- me voy por los cerros de Úbeda. Nuestros tatarabuelos los moros, al igual que el Cid, han ganado al menos una batalla después de muertos. La de los topónimos.

Durante los cuatro días que vivieron en Al-Andalus (casi ná, unos ochocientos años) le fueron poniendo nombres a los lugares donde habitaban. En su gran mayoría son nombres descriptivos y hasta poéticos, que han pervivido durante estos últimos cinco siglos. Como un servidor no tiene ni idea del árabe vulgar, y menos aún del finolis, se ha acostumbrado a oírlos y a repetirlos sin saber su significado. Más o menos me sonaba que los pueblos que se llamaban Alcántara es que tenían un puente, y que cuando decía que no sabía ni "guá", sin querer, estaba diciendo agua o río, de ahí Guadalquivir río grande -cualidad que no hay quien le niegue- y Guadalajara río de piedras, que allá ellos si lo tienen pedregoso. No me esperaba que Guadalupe, donde se adora a esa Virgen que exportamos con éxito a América, fuera el río del lobo.

Algunos nombres se han mantenido con una mínima modificación entre la lengua de los arábigo-andaluces y la nuestra actual, como es el caso de Alcor (Palencia) y "del Alcor", en la provincia de Sevilla, ya que el Diccionario de la Real Academia sigue diciendo que Alcor es una colina o un collado. Pero bueno, se supone que al escribir todo esto mi obligación es sorprender. Así que a eso voy, a explicar algunos nombres que considero destacables. (Si mi paciente lector es un experto en toponimia o un arabista de pro, le recuerdo que hay por ahí cosas muy interesantes para leer, y que no vale la pena perder demasiado tiempo con lo que escribo; así, tal vez, me libre de puntualizaciones eruditas y documentadas que me pueden hacer polvo estas líneas.)

¡Qué acierto el de algunos nombres! Almadén: la mina, Algeciras: la isla, la península, Almenara y Almería tienen el mismo origen, la atalaya, La Mancha: alta planicie, Sanlúcar: viento de siroco o viento de Levante, Tarifa: punta, Generalife: huerto, jardín. O denominaciones descriptivas, como Alatoz (Albacete) el lugar sin agua, Albaida (Sevilla) la blanca, Alberca (Alicante, Ávila, Cuenca, Murcia y Salamanca) el estanque, o la alberca como aún se dice en Andalucía. Alhama (Albacete, Almería, Granada, Murcia, Soria y Zaragoza) la fuente termal. Si es bello y eufónico el nombre de Alhucemas (Marruecos) también lo es su significado: espliego. Y tenemos a una Zahara (Cádiz): brillante, Zagra (Granada): pedregosa, Zalamea (Badajoz): saludable (aunque en la obra de teatro no lo fuera para alguno). Como esto se está haciendo largo, no me meto en berenjenales y esquivo recrearme con el lío de los gentilicios (sí, hombre aquello de ¿cómo se llaman los de Cabra?).

Aunque más curiosos, tal vez por desconocidos, son algunos de los apelativos o apodos como denominan -normalmente los de los pueblos vecinos y con un cierto tonillo de ofensa- a los habitantes de algunas localidades. A todos nos suena aquello de la tierra del ronquío, caballas y boquerones. Pero ahí va un ramillete de los que he oído en menos ocasiones. Antequera (Málaga) los del disimulo, Arcos (Cádiz) valentones, Cádiz presumidos, Chiclana (Cádiz) atajaloprimos, Dos Hermanas (Sevilla) nazarenos, Lucena (Córdoba) pajariteros y santurrones, Úbeda (Jaén) cavadores, y que me perdonen los de Rota (Cádiz) pero parece que les tocó la peor parte, si es verdad que les llaman borricos.

La pequeña historia se escribe así. Los apodos están basados en hechos reales -como dicen en las películas-, que casi siempre acaban difuminándose con el pasar de los años y olvidándose la verdadera anécdota que los originó. En cambio los topónimos perduran y siguen ahí, para que los estudiosos duden y discutan, por ejemplo, hasta del significado y origen, de nada menos, que del nombre de España. O sea, poco más o menos, que empezaron a llamarla España sin estar de acuerdo en por qué.

4 comentarios:

FRAN dijo...

Hola, Imper.
Hay algunos topónimos realmente divertidos. Existen los topónimos cultos y los populares. Los más divertidos son estos últimos, claro. El pueblo de mis padres es Villanueva de Córdoba: su topónimo culto es Villanovenses, pero el popular es Jarotes ya que antes el pueblo se llamó Villanueva de la Jara. Al lado está Pozoblanco, cuyo topónimo culto es Pozoalbenses y el popular es... ¡tarugos! Jajaja.
Un fuerte abrazo, don Imperter

Lydia dijo...

Muy interesante! Soy una nula en esto, gracias por este cursillo.

Un abrazo,

José Cemec dijo...

Hola amigo.

Interesante siempre esto de las etimologías y orígenes de las palabras. Yo que estudié latín, griego y árabe en mis tiempo mozos, aún recuerdo muchas, aunque se me han olvidado la mayoría, pero siempre es bueno saber estas cosas, por lo menos para faldar ante los amigotes en la taberna.

Nosotros los de Huelva somos Onubenses, porque antes Huelva se llamaba Onuba, pero vulgarmente nos dicen Choqueros, se supone porque en Huelva se pescan muchos chocos y después se guisan con habas (que es uno de sus platos típicos) y están para chuparse los dedos.

Un abrazo.

mienmano dijo...

Hace muchos años, en un tren, entablé conversación con un señor que resultó ser de un pueblo en el que mi familia tenía tierras.

Al enterarse, éste me preguntó si yo conocía a su familia. Yo no conocía a casi nadie de ese pueblo, pero por no quedar de antipático, le dije que seguramente, que quiénes eraN.

A lo que él me contestó:

"Somos los caracagá"

En fin, muchos topónimos y muchos apellidos han nacido así.